No dejes que se marche lo que de verdad
te interesa. El mundo está lleno de gente esperando que regresen quienes
dejaron ir y de personas que no se atreven a regresar, aún queriéndolo.
Te equivocas una vez, crees que aprendiste, crees que nunca vas a cometer ese mismo error y es lo primero que haces, cometer ese mismo error, tropezar una y otra vez con la misma piedra. Pero por algo cometemos ese mismo error.
Cuando querés que alguien te mire no importa ninguna otra mirada, vos querés esa mirada y ninguna más... pero la mejor mirada no es la que se nos niega, sino esa mirada que no vemos, la que ignoramos distraídamente.
miércoles, 24 de junio de 2015
lunes, 22 de junio de 2015
El error más común es suponer en vez de preguntar
¿Y qué cuando la cura es la enfermedad? ¿Qué se hace
cuando la persona que debería cuidarnos es en realidad la que nos está haciendo
daño? ¿Cómo combatimos esa angustia,
esa sensación de que algo nos falta, de
que adentro nuestro tenemos un vacío
que no podemos llenar simplemente porque, aunque sepamos qué es lo que lo
causa, somos impotentes para remediarlo? Porque a veces
la solución no está en nuestras manos, a veces sabemos lo que puede decir la
otra persona para curarnos, pero depende del otro. ¿Qué hacemos con todo
eso que queremos decir y no decimos, por temor a que termine
siendo peor? ¿Es que acaso puede doler más? ¿Hasta
qué punto puede romperse un corazón? ¿En qué momento deja uno de sentir?
¿Cuándo se cura? ¿Cómo? Lo negamos, pero en el fondo somos plenamente
conscientes de que estamos esperando algo
que sabemos que no va a pasar. ¿Por qué cuesta tanto reconocer un error, admitir una equivocación, pedir perdón, pedir una segunda
oportunidad? ¿Por qué es tan difícil dejar el orgullo de lado
al menos por una vez? ¿Por qué a algunos les cuesta tanto madurar y luchar por
lo que en verdad quieren? ¿Por qué las personas ofrecen
amor, y después te lo arrancan de las manos ellas mismas, como si no fuese gran
cosa? Como si una no tuviese sentimientos. Como si verdaderamente
no les importaras. Eso no hiere el ego, lastima el corazón. ¿Por
qué lleva tanto esfuerzo ponerse en el lugar del otro? Accionaste, sufrí, y nunca
te paraste por un segundo a pensar qué era lo que estaba
sintiendo yo. Cómo me dolía. Cómo estaba sufriendo. Cómo te necesitaba, y cómo
me hacías mal. Gritaba por un abrazo, y
suplicaba para que te alejaras. Contradicción pura, pero
real. Y ya pasaron 7 meses y yo no sé si me pensás, si no te importo, si cada
tanto cruzo fugazmente por tu mente, si ves cosas que te recuerdan a mí...
domingo, 21 de junio de 2015
Pero te quise, y te quiero, aunque estemos destinados a no ser
Todavía me duele, todavía me dolés. Verte, tenerte
cerca... Me hace mal. Me hace mal no entender, que no me expliques. Realmente
todavía no lo entiendo, ¿cómo pudiste? A mí, que te amaba, que lo daba todo y
más por vos. Me rompiste el corazón de la peor manera, me partiste el alma. Y sin duda algo mío se fue con vos, porque yo
antes no era así. Antes era más ingenua. Antes creía en las palabras y confiaba
en las personas. Ahora sé que cualquiera te puede lastimar, hasta quien menos
lo esperas. Y lo peor es que te hubiese perdonado. Todavía
pienso que lo haría. Ja. Como si algún día fueses capaz de volver, de dejar
todo tu orgullo de lado, de crecer un poquito y hacer algo con tu vida. Pero no
te preocupes que ya sé que no va a pasar. Lo que yo me pregunto es qué carajo
era lo que sentías por mí que te olvidaste
tan rápido. Porque pasaron siete meses y yo todavía te lloro. Sí, lo sé, una
idiota la verdad. Con lo poco que te importé todavía me hago mala sangre. Pero
es que estoy tan enojada... Quiero que lo sepas, que seas consciente, no para arreglar las cosas conmigo sino al menos para que te sirva a vos
y que no te pase de nuevo. Para que no cometas semejante estupidez otra vez. Y
la verdad te digo, es una mezcla muy rara de sentimientos la que tengo adentro.
Dolor, bronca, angustia, enojo, impotencia, nostalgia. Lo que más desearía es
que te des cuenta y que sea como en las pelis, que vuelvas arrepentido
al borde de la desesperación pidiéndome que te perdone y que no podes vivir sin
mí. Yo no aprendo más. Y no lo digo porque quiera verte humillado ni mucho
menos, sino porque me muero de ganas de perdonarte. Pero qué clase de idiota sería yo si le vuelvo a abrir mi corazón a alguien que me
lastimó tanto así sin más? Y sí, una GRAN idiota. Por eso necesito pruebas.
Acciones. Hechos. Basta de palabras. Las palabras ya me las dijiste y no
cumpliste. Me niego a verte enamorado de otra. No puedo siquiera imaginarlo. Te llevo tan adentro. ¿Es que en serio no te das
cuenta? ¿De verdad no lo ves? Y el enojo ante todo es conmigo misma, por pensar
que todavía te quiero. Por pensar en perdonarte. Por ansiar darte otra chance.
Como me dijo Franco alguna vez, tal vez te des cuenta y cambies.
El tema es cómo hago yo mientras tanto. Porque realmente ya no sé qué hacer.
Tengo demasiado para decirte y vos tenés tan pocas ganas de escuchar. Vos ni te
acordás que existo. Y eso es lo que más te envidio.
jueves, 18 de junio de 2015
Cuando no sabes a dónde vas, cualquier camino puede servir.
Cuando
no sabes qué elegir, porque simplemente no sabes qué es lo que querés para tu vida, para
tu futuro... cuando volvés una y otra vez a repetir la misma historia, a
sentirte igual, a pensar siempre en la misma persona... hay momentos en los que
te preguntas: ¿tenés ganas de volver a pasar por lo
mismo? ¿Estás dispuesta?
Pero... ¿qué es “lo mismo"? Las garantías no existen. Si una persona te lastimó una vez, existen
exactamente las mismas posibilidades de que vuelva a hacerlo como de que no lo
haga. Realmente no hay una forma de saberlo de antemano, por mucho que lo
deseemos es inevitable exponerse. Hay que decidir, vivirlo, y arriesgarse. No
queda otra. Es eso, o la duda eterna del “¿qué hubiese pasado si...?"
Claramente es mucho más fácil vivir con el “arrepentimiento" que surge por
haber hecho algo, que por no haberlo hecho. Tampoco hay que cegarse, a veces las
posibilidades no están equilibradas y son más las chances de salir mal parado.
Entonces viene la pregunta: ¿tenés ganas de volver a pasar por lo
mismo? Y la respuesta es otra pregunta: ¿Y por qué no? ¿Acaso es inevitable acabar con el
mismo desenlace? ¿No existe la posibilidad de que esta vez sí funcione? ¿Por qué no me daría, por qué no te daría a vos la posibilidad de intentar y que
sea diferente? Tal vez esta vez... Pero es en este punto cuando
entran en juego las ganas y los intereses personales de cada uno. Acá es donde
verdaderamente toman cartas la sinceridad y los sentimientos. No podemos meternos
dentro del otro, saber qué siente, qué pretende, por qué nos quiere. No sin
preguntarle. Y para eso hay que confiar,
aunque cueste.
Aunque nos hayan lastimado antes, vale la pena arriesgar. Vale la pena
sentir. Aunque hayamos dejado, aunque nos hayan dejado.
Cuando alguien elige irse de nuestras vidas, hay que aceptar que ese
huequito que deja en nuestro corazón no
se va a llenar con otra cosa. Porque era SU huequito, y solo esa persona encajaba en ese espacio. Pero también hay
que abrirse y dejar que entren personas nuevas, aunque probablemente nunca
logren llenar ese vacío con el tiempo puede que vayan creando sus propios huequitos.
Pensemos al corazón como si fuera un rompecabezas: cuando alguien se va,
una de las piezas se pierde inevitablemente. Y por más que intentamos y
pongamos todo nuestro empeño en encontrar otra pieza igual, sería un esfuerzo
sin sentido. Porque esa pieza que ya no está era única. Tenemos que aprender a vivir con la pérdida, aceptarla como tal y
seguir adelante. Probablemente suene trillado, pero cuando nos lastiman hay algo dentro
nuestro que se rompe. Cambiamos. Algunos nos volvemos más cínicos y simplemente
dejamos de esperar cosas de la gente. Porque si existe algo peor que te
rompan el corazón, es que te lo rompa aquella persona que jamás creíste
capaz de dañarte de tal modo. Es un puñal por la espalda porque no hay
chances de que lo veas venir. Y cuando llega no lo crees. Adentro tuyo se arma
una lucha interna fuertísima entre ideas y hechos reales. El corazón se niega a aceptar lo que la cabeza ya
sabe. Y claro, no es tonto. Sabe lo que le espera. Sabe que en el instante
mismo en el que sucumba ante la razón va a verse inundado por una ola de angustia, tristeza y decepción casi intolerables. Pero no
hay que desanimarse, no hay que olvidarse que siempre que creímos que no íbamos
a poder, pudimos. Cuando sentimos que
no íbamos a salir, salimos. Con mucho esfuerzo, sí. Con
toda la pena y el corazón destrozado, pero seguimos
adelante. Porque no todo está perdido, porque no todo puede ser tan malo. Porque ya estuvimos mal, y después estuvimos mejor. Porque no estamos solos y siempre hay alguien en quien apoyarse. Porque los pequeños detalles son los que alegran un día. Porque todos somos más lindos cuando sonreímos. Porque la vida no nos debe nada, tenemos lo que
podemos y por el resto hay que luchar. Enamorarse nunca es fácil, porque
estar con alguien debería ser lo suficientemente importante como para que
cueste al menos un poquito. Porque somos humanos y nos podemos equivocar. Porque a veces hay quienes sí se merecen una segunda
oportunidad. Porque a fin de cuentas lo único que queremos al final del día es algo simple: ser felices. Queremos
tener a alguien con quien compartir las
buenas noticias. Pero para eso primero tenemos que aprender a vivir por nuestra
cuenta. Entender que ya estamos
completos y que no necesitamos a nadie; que queremos
a
alguien, que no es lo mismo; que la única forma de
compartir la vida con otra persona es aprendiendo a estar solos, para que al momento
de elegir una relación tengamos bien en claro que no es por necesidad. No es
por desesperación. Es amor, deseo, son ganas. Son pilas y pilas de ilusiones y
proyectos que nos harían más felices viviéndolos de dos.
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